Miércoles, 15 de abril de 2015



En “el semáforo” estamos febriles.

La viva y ardorosa agitación de la enfermedad.

La repetida y estéril ausencia de sinrazón.

Un cuadro clínico que no permite la curación.

Todo son llagas y heridas de diferente profundidad que ahogan el llanto.

Las marcas y cicatrices se extienden por doquier.

La supuración del espíritu congela el latido del pecho.

La respiración se hace cada vez más costosa.

El cuerpo exhala, pero vuelve a su trepidante vaivén.

Se recobra el cuerpo y el alma.

Hemos sobrevivido a ésta, pero ¿cuántas vidas nos quedarán?.


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