En “el semáforo” estamos febriles.
La viva y ardorosa agitación de la
enfermedad.
La repetida y estéril ausencia de
sinrazón.
Un cuadro clínico que no permite la
curación.
Todo son llagas y heridas de
diferente profundidad que ahogan el llanto.
Las marcas y cicatrices se extienden
por doquier.
La supuración del espíritu congela
el latido del pecho.
La respiración se hace cada vez más
costosa.
El cuerpo exhala, pero vuelve a su
trepidante vaivén.
Se recobra el cuerpo y el alma.
Hemos sobrevivido a ésta, pero
¿cuántas vidas nos quedarán?.
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