Otro semáforo, otra calle, la misma
ciudad.
La calzada es atravesada por dos vías
paralelas: la del peatón con su alfombra de “cebras” y la del carril bici con
su alfombra verde.
Sin embargo me descubro ante
aquellos peatones que sucumben ante los peligros que supone cruzar “el semáforo”
y arriesgan sus vidas circulando sobre la alfombra de “cebras”.
Sí, digo bien, es un auténtico
peligro cruzar el semáforo por dónde uno debe, por la alfombra de “cebras”, que
es por dónde el peatón debe circular, ya que sino porque se iban a adentrar
nadie en la vía indicada para las bicis.
Debe ser que el carril bici es más confortable,
ancho, cómodo, y más refinado para el peatón, como si fuera una pasarela de
moda urbana, nunca mejor dicho, y por dónde me puedo demostrar como soy y para
que todos disfruten de mi máximo esplendor.
Me pregunto por qué dos de los
cuatros peatones de la imagen corren y uno parece algo acelerado en su andar.
Al rato caigo, debe ser porque el semáforo marca sólo un segundo de permanencia
en verde. Y entonces, por qué el cuarto peatón va como va, sin importarle ni
tiempo ni espacio, ya que ni Usain Bolt haría lo imposible. Y también caigo al
tiempo, será que quiere demostrar al mundo que su andar, su pose, su
magnificencia, que todo su carácter, su propia vida está por encima del bien y
del mal, y mientras pasea su majestuosidad por la alfombra verde, todo debe
parar ante él.
Eso debe ser…

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